Imitando a nuestro Señor Jesucristo

La vida cristiana toma su forma de la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios que asumió nuestra carne y sanó nuestra naturaleza. El Apóstol nos marca un modelo claro: «Sed imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo» (1 Corintios 11:1). En la Iglesia, esta llamada nos introduce en la vida de Cristo que se nos da en la adoración, en la oración diaria y en la obediencia constante a su enseñanza. Los Padres llaman a esta meta theosis (deificación). Es compartir nuestra vida con la vida de Dios por la gracia. La Biblia ofrece la misma esperanza, en concreto que por las promesas de Dios «lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4). No se trata de copiar el exterior de la vida de Cristo. Se trata de un cambio real en nuestro interior, mientras su gracia obra en nuestra mente, en nuestra voluntad y en nuestros hábitos.

Para crecer de este modo, aprendemos la mente de Cristo. San Pablo habla sin rodeos: «Tened entre vosotros la misma mente que hubo en Cristo Jesús» (Filipenses 2:5). Esta mente se muestra en humildad, paciencia y un deseo constante de hacer la voluntad del Padre. También nos enseña a decir la verdad sin dureza y a servir sin buscar elogios. El Señor marca el camino cuando dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mateo 16:24). La negación de uno mismo no es un gesto dramático. Es la decisión diaria de apartarse de los impulsos egoístas y elegir el bien. En la vida parroquial esto se ve en guardar los ayunos, vigilar la lengua, acudir a la oración y ayudar a quienes necesitan cuidado.

La oración y la lectura de la Sagrada Escritura mantienen vivo este camino. Los Evangelios muestran al Señor en oración: «salió al monte a orar; y pasó la noche orando a Dios» (Lucas 6:12). Seguimos su ejemplo manteniendo una regla sencilla en casa. Las oraciones de la mañana y de la tarde, algunos Salmos y la Oración de Jesús con el cordón de oración dan reposo al corazón. Poco a poco, el recuerdo del Señor se asienta en el día. La Biblia guía el alma y forma la conciencia: «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia» (2 Timoteo 3:16). Leed un pasaje cada día. Volved a los Evangelios una y otra vez. Leed con la Iglesia, siguiendo las lecturas del año litúrgico, y acudid a los Padres cuando surjan dudas. Así la Biblia configura nuestras decisiones en el trabajo, en casa y en Internet.

Los Santos Misterios afianzan este crecimiento. En el Bautismo morimos y resucitamos con Cristo. En la Crismación el Espíritu Santo nos sella para la vida del Reino. En la Eucaristía el Señor nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre. Los primeros creyentes muestran el modelo que seguimos aún hoy: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hechos 2:42). La Divina Liturgia nos enseña a vivir. Llevamos nuestros pecados y cargas, ofrecemos nuestra acción de gracias y recibimos los Santos Dones. Luego llevamos este modo eucarístico a la semana. La palabra del Apóstol le da forma. San Pablo dice: «y vivid en el amor, como también Cristo nos amó y se entregó por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante» (Efesios 5:2). Este amor habla con amabilidad, no guarda lista de agravios y busca ocasiones de servir.

La caridad brota de la Santa Mesa. El Señor nos da un criterio claro en este punto: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Juan 15:12). Por eso damos de comer al hambriento, visitamos al enfermo, escribimos a los encarcelados y acogemos al forastero (cf. Santiago 1:27). Haced un plan sencillo. Reservad un pequeño fondo para limosnas, dedicad tiempo cada mes a una obra de misericordia y aprended los nombres de las personas a las que ayudáis. El amor se vuelve concreto cuando se planea y se realiza con cuidado. El ayuno, la sencillez y la limosna protegen la caridad de la emoción pasajera y la mantienen firme. La Iglesia establece ayunos para aquietar las pasiones y liberar recursos para los pobres. Guardad el ayuno en obediencia a vuestro sacerdote y conforme a vuestra salud. Dad sin ostentación, como nos enseña el Señor: «que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mateo 6:3). En la fidelidad silenciosa el corazón aprende la libertad.

El perdón conserva la comunión y sana la memoria. El Apóstol escribe: «Sed bondadosos y misericordiosos unos con otros, perdonándoos mutuamente, como Dios os perdonó en Cristo» (Efesios 4:32). Empezad con un examen de conciencia honesto por la noche. Rezad por su nombre por quienes os han herido. Id con regularidad a la confesión y llevad faltas concretas, tanto las cometidas como las recibidas. La gracia del Misterio hará su obra. La humildad es el propio vestido del Señor. El himno de Filipenses nos dice que «se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8). Seguidle en el servicio silencioso. Tomad el lugar más bajo en casa y en la iglesia. Aceptad la corrección sin excusas. Dad gracias a Dios por cada pequeña oportunidad de servir sin ser vistos. Mantened a vuestros enemigos en la oración.

Nuestra vida en Cristo es comunitaria. «Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno individualmente miembros de él» (1 Corintios 12:27). Cada uno tiene un don para el bien de todos. Unos visitan a los que no pueden salir de casa, otros hornean prosforas, otros enseñan, otros limpian la iglesia, otros organizan comidas. Preguntad a vuestro sacerdote dónde hace falta ayuda y asumid una tarea que podáis mantener. La guía espiritual da forma a la lucha. La tradición recomienda una relación estable con nuestro confesor o padre espiritual. Hablad con claridad sobre tentaciones y hábitos. Recibid el consejo y ponedlo en práctica. La Biblia bendice este remedio. San Santiago escribió: «Confesaos, pues, los pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados» (Santiago 5:16).

Los santos y las fiestas nos enseñan cómo es la vida de Cristo en personas reales. Guardad sus días. Leed de vez en cuando una vida breve. Colocad iconos donde recéis y aprended de memoria uno o dos troparios. En la liturgia estamos con ellos: «Por tanto, nosotros también, teniendo alrededor nuestro tan grande nube de testigos…» (Hebreos 12:1). Sus historias fortalecen el valor y sostienen la esperanza. Una regla diaria mantiene firme el corazón. Las oraciones de la mañana, un Salmo al mediodía si es posible, las oraciones de la tarde y la Oración de Jesús a lo largo del día bastan para un fundamento sólido. Incluid intercesiones por la familia, los amigos y los difuntos. Poned recordatorios en vuestro móvil para hacer una pausa y rezar un momento. Así aprendemos a «orar sin cesar» (1 Tesalonicenses 5:17).

El discipulado alcanza las cosas ordinarias. Honrad al Señor en vuestro trabajo con labor honesta y trato justo. Guardad los domingos y las fiestas asistiendo a la Liturgia. Proteged vuestro hablar de chismes y palabras groseras. Apagad el móvil un tiempo cada tarde y prestad atención a las personas que tenéis delante. Haced de vuestra mesa un lugar de acción de gracias y de paz.

Llegarán pruebas. La enfermedad, la preocupación y la pérdida ponen a prueba lo aprendido. Manteneos firmes en las palabras del Señor y en las oraciones de la Iglesia. Pedid ayuda cuando la necesitéis y dejad que otros os ayuden. Llevad una pequeña Cruz o un cordón de oración en el bolsillo y usadlo cuando asome la ansiedad. Así la Cruz que llevamos se convierte en el lugar donde la gracia nos sale al encuentro. La perseverancia une todo esto. El discípulo permanece en la enseñanza del Señor y da cada día el siguiente paso pequeño. San Juan nos ofrece una medida clara para nuestro andar: «El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo» (1 Juan 2:6). No persigáis novedades. Mantened lo básico con paciencia y confianza.

La meta es la amistad con Cristo y la obediencia nacida del amor. Él hace una promesa clara: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» y también: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama» (Juan 14:15, 21). Con esto delante, pedimos un corazón limpio, un espíritu firme y gracia para un buen final.

Que el Señor nos fortalezca para vivir así en nuestros hogares, en nuestras parroquias y en nuestro trabajo, hasta ver su rostro con alegría.

Que Dios os bendiga +

P. Carlos